Me gustaría poder describir mi vivencia del terremoto sin caer en superficialidades que ensucien la memoria de los muertos. Me encantaría poder contaros como me sobrepuse a mis propias sensaciones para ayudar a la gente que sufría, de una manera u otra, a mi alrededor. Querría, al menos, poder presumir de intrepidez periodística. Pero no puedo, porque de esta experiencia sólo me quedan una serie de anécdotas superficiales y los escrúpulos necesarios para no convertirlas en la crónica de una tragedia.
Ahí van.
El 15 de agosto de 2007, a las 18.40, yo estaba mirando el escaparate de uha librería al lado de la Plaza de Armas de Lima. Pablo y Ana se habían ido al aeropuerto poco después de comer y Roberta y Carla se habían quedado mirando collares en unas galerías a un par de cuadras de la praza. Yo estaba sola, sí, y como nos habían dicho que la ciudad era taaaaaaaaan peligrosa, estaba además sin pasaporte, sin targeta de crédito, sin móvil español ni selular chileno, con el dinero peruano justo para pagar mi tercera parte del taxi al aeropuerto en el bolsillo, con el carnet de conducir español (porsiaca) y unos 200 euros escondidos para cambiar en caso de necesidad. De hecho, a las 18.40 del 15 de agosto de 2007 yo estaba, precisamente, delante del escaparate de una librería al lado de la Plaza de Armas de Lima preguntándome si el deseo imperioso de comprar un libro se podría considerar necesidad, cuando noté un ligeio temblor en el suelo. Lo primero que pensé fue "juraría que Lima no tiene metro". Lo segundo, "vaya, un terremotillo". Lo tercero, fruto de aquellos temblores en Triacastela en los 90 y de las experiencias sísmicas chilenas, fue "ya pasará, siempre pasan". Pero aquello no sólo no pasaba, si no que iba aumentando en intensidad. Los cristales de los edificios de la plazoleta temblaban con fuerza. Las luces iban y venían. La gente salía histérica de los portales. Un policía le exigía a gritos a una mujer mayor que se calmara. Dos coches chocaban a unos cien metros de donde yo estaba, daban marcha atrás y seguían su camino acelerados. Lo cuarto que pensé fue "donde será el mejor sitio para estar si las ventanas empezasen a romperse o cayesen trozos de los edificios". Calculé un triángulo en el extremo de la plazoleta que me parecía más seguro y, desde allí, eché un ojo a la explanada de la Plaza de Armas. La gente corría histérica hacia allí. Ciertamente, parecía el sitio más seguro en el que esperar un temblor mayor. Pero a mi me daba más miedo la turba de gente que el terremoto en sí, y además había quedado con Roberta y Carla en que las esperaba en la librería. Roberta y Carla. Lo quinto que pensé fue que el edificio en el que las había dejado era viejo y no parecía nada seguro. Empezó a agobiarme la idea de que les pasase algo. Cuando el suelo dejó de temblar yo repetía "las voy a buscar o las espero aquí? las voy a buscar o las espero aquí? las voy a buscar o las espero aquí?". Lo sexto que pensé fue "y si les pasó algo? como consigo ayuda? como las saco de ahí?". El agobio generado por esta idea y por la duda entre seguir esperando o ir a buscarlas crecía por momentos, como la angustia de la gente que seguía pasando acelerada hacia la Plaza de Armas, cuando las vi aparecer, a lo lejos. Primero gran suspiro de alivio.
Después de abrazarnos y echar la lagrimilla de rigor, decidimos buscar cuanto antes un taxi e ir hacia el aeropuerto. El el paradero de la plaza había varios taxis con las luces encendidas pero sin conductor. Entonces, vimos a lo lejos a un taxista que dejaba unos clientes. Aceleramos el paso y le preguntamos si nos llevaba al aeropuerto. Nos dijo que sí, pero que nos cobraba un poco más de lo habitual, porque habría más tráfico. Como si nos importase. Segundo suspiro de alivio.
De camino al aeropuerto pasamos por la plaza y por varias calles del centro, en las que había restos de escayola que habían caído de los edificios antiguos. Nada grave. Lo peor era el caos de coches y de gente. Los limeños conducen rapidísimo y sin tener más cuidado con los demás que pitar en los cruces y en los cambios de carril. Ya es una experiencia "inquietante" en circunstancias normales. Con la histeria colectiva que se respiraba después del terremoto, fue más angustiante que el temblor en sí. estuvimos a punto de chocar en un par de ocasiones. La gente se echaba a los coches pidiendo que alguien los llevase. En la radio, los locutores pedían calma, pero advertían a quien estuviese na costa que había riesgo de tsunami. En el extrarradio habían caído casas. Había gente atrapada en un centro comercial que había empezado a arder después del seísmo. En un punto, el taxista tira hacia un túnel, pero en el último momento decide evitarlo. Tercero suspiro de alivio.
Cuando llegamos al aparcamiento del recientemente remodelado aeropuerto Jorge Chávez, vemos que está lleno de gente. Parece que el temblor pudo con el interior del edificio, cayeron trozos de porexpan y de metal del techo y algunas máquinas de los bares. Echaron a la gente mientres comprobaban que no era más peligroso estar dentro que fuera. Encontramos enseguida a Pablo y a Ana. Cuarto suspiro de alivio.
Estamos unas dos horas en el aparcamiento, tan ricamente, aunque Ana está bastante pachucha y nuestras cosas (entre ellas, nuestros pasaportes) siguen en la consigna del aeropuerto. Entramos, las recuperamos, nos dicen que el gobierno canceló los vuelos nacionales para darles prioridad a los internacionales, por lo que damos por supuesto que volaremos a Chile esa noche (quinto suspiro de alivio), comprobamos que los móviles no funcionan, descansamos un par de horas en el suelo del aeropuerto, llegan los de Gol y nos comunican que ellos sí que cancelaron los vuelos. Después de un ligero intercambio de opiniones acceden a pagarnos una habitación en el hotel del aeropuerto. Y así es como acabamos pasando el 16 de agosto de 2007 anclados al retrete de un hotel pijísimo, completamente deshechos del estómago (aún no sabemos por qué), con las teles locales a todo volumen, alucinando con el tratamiento que le dan a la tragedia y con las repercusiones que había tenido la anécdota en esas casas de adobe tan agradecidas para las fotos de turista. 50 persoas muertas expuestas en las plazas de los pueblos. Los reporteros entrevistan a los que buscan a los suyos entre las, ahora, 100 personas muertas. Entre répicla y réplica escribo a casa y posteo. Duermo unas horas y cuando despierto ya van 250 personas muertas. Compruebo que mis padres saben que estoy bien, duermo otro par de horas y cuando despierto ya van 350 personas muertas. Siento que está llegando a ese punto en el que dejan de ser personas y empiezan a ser números. 85.000 damnificados. 85.000 personas sin casa, sin luz, sin agua corriente (ni hablar de la potable), sin comida, sin ropa. Llegan los saqueos. Y llega también la solidaridad internacional. Qué cínica me he vuelto y que poco confío en el cuento de la solidaridad internacional. Solidaridad del Banco Mundial? En fin.
Va pasando el día 16 y deja paso al 17, en el que, exactamente 28 horas después de lo esperado, llegamos al Santiago austral. Ironías de la vida, en cuanto pisamos Chile nos sentimos fuera de peligro sísmico y mucho mejor del estómago.
Ahí van.
El 15 de agosto de 2007, a las 18.40, yo estaba mirando el escaparate de uha librería al lado de la Plaza de Armas de Lima. Pablo y Ana se habían ido al aeropuerto poco después de comer y Roberta y Carla se habían quedado mirando collares en unas galerías a un par de cuadras de la praza. Yo estaba sola, sí, y como nos habían dicho que la ciudad era taaaaaaaaan peligrosa, estaba además sin pasaporte, sin targeta de crédito, sin móvil español ni selular chileno, con el dinero peruano justo para pagar mi tercera parte del taxi al aeropuerto en el bolsillo, con el carnet de conducir español (porsiaca) y unos 200 euros escondidos para cambiar en caso de necesidad. De hecho, a las 18.40 del 15 de agosto de 2007 yo estaba, precisamente, delante del escaparate de una librería al lado de la Plaza de Armas de Lima preguntándome si el deseo imperioso de comprar un libro se podría considerar necesidad, cuando noté un ligeio temblor en el suelo. Lo primero que pensé fue "juraría que Lima no tiene metro". Lo segundo, "vaya, un terremotillo". Lo tercero, fruto de aquellos temblores en Triacastela en los 90 y de las experiencias sísmicas chilenas, fue "ya pasará, siempre pasan". Pero aquello no sólo no pasaba, si no que iba aumentando en intensidad. Los cristales de los edificios de la plazoleta temblaban con fuerza. Las luces iban y venían. La gente salía histérica de los portales. Un policía le exigía a gritos a una mujer mayor que se calmara. Dos coches chocaban a unos cien metros de donde yo estaba, daban marcha atrás y seguían su camino acelerados. Lo cuarto que pensé fue "donde será el mejor sitio para estar si las ventanas empezasen a romperse o cayesen trozos de los edificios". Calculé un triángulo en el extremo de la plazoleta que me parecía más seguro y, desde allí, eché un ojo a la explanada de la Plaza de Armas. La gente corría histérica hacia allí. Ciertamente, parecía el sitio más seguro en el que esperar un temblor mayor. Pero a mi me daba más miedo la turba de gente que el terremoto en sí, y además había quedado con Roberta y Carla en que las esperaba en la librería. Roberta y Carla. Lo quinto que pensé fue que el edificio en el que las había dejado era viejo y no parecía nada seguro. Empezó a agobiarme la idea de que les pasase algo. Cuando el suelo dejó de temblar yo repetía "las voy a buscar o las espero aquí? las voy a buscar o las espero aquí? las voy a buscar o las espero aquí?". Lo sexto que pensé fue "y si les pasó algo? como consigo ayuda? como las saco de ahí?". El agobio generado por esta idea y por la duda entre seguir esperando o ir a buscarlas crecía por momentos, como la angustia de la gente que seguía pasando acelerada hacia la Plaza de Armas, cuando las vi aparecer, a lo lejos. Primero gran suspiro de alivio.
Después de abrazarnos y echar la lagrimilla de rigor, decidimos buscar cuanto antes un taxi e ir hacia el aeropuerto. El el paradero de la plaza había varios taxis con las luces encendidas pero sin conductor. Entonces, vimos a lo lejos a un taxista que dejaba unos clientes. Aceleramos el paso y le preguntamos si nos llevaba al aeropuerto. Nos dijo que sí, pero que nos cobraba un poco más de lo habitual, porque habría más tráfico. Como si nos importase. Segundo suspiro de alivio.
De camino al aeropuerto pasamos por la plaza y por varias calles del centro, en las que había restos de escayola que habían caído de los edificios antiguos. Nada grave. Lo peor era el caos de coches y de gente. Los limeños conducen rapidísimo y sin tener más cuidado con los demás que pitar en los cruces y en los cambios de carril. Ya es una experiencia "inquietante" en circunstancias normales. Con la histeria colectiva que se respiraba después del terremoto, fue más angustiante que el temblor en sí. estuvimos a punto de chocar en un par de ocasiones. La gente se echaba a los coches pidiendo que alguien los llevase. En la radio, los locutores pedían calma, pero advertían a quien estuviese na costa que había riesgo de tsunami. En el extrarradio habían caído casas. Había gente atrapada en un centro comercial que había empezado a arder después del seísmo. En un punto, el taxista tira hacia un túnel, pero en el último momento decide evitarlo. Tercero suspiro de alivio.
Cuando llegamos al aparcamiento del recientemente remodelado aeropuerto Jorge Chávez, vemos que está lleno de gente. Parece que el temblor pudo con el interior del edificio, cayeron trozos de porexpan y de metal del techo y algunas máquinas de los bares. Echaron a la gente mientres comprobaban que no era más peligroso estar dentro que fuera. Encontramos enseguida a Pablo y a Ana. Cuarto suspiro de alivio.
Estamos unas dos horas en el aparcamiento, tan ricamente, aunque Ana está bastante pachucha y nuestras cosas (entre ellas, nuestros pasaportes) siguen en la consigna del aeropuerto. Entramos, las recuperamos, nos dicen que el gobierno canceló los vuelos nacionales para darles prioridad a los internacionales, por lo que damos por supuesto que volaremos a Chile esa noche (quinto suspiro de alivio), comprobamos que los móviles no funcionan, descansamos un par de horas en el suelo del aeropuerto, llegan los de Gol y nos comunican que ellos sí que cancelaron los vuelos. Después de un ligero intercambio de opiniones acceden a pagarnos una habitación en el hotel del aeropuerto. Y así es como acabamos pasando el 16 de agosto de 2007 anclados al retrete de un hotel pijísimo, completamente deshechos del estómago (aún no sabemos por qué), con las teles locales a todo volumen, alucinando con el tratamiento que le dan a la tragedia y con las repercusiones que había tenido la anécdota en esas casas de adobe tan agradecidas para las fotos de turista. 50 persoas muertas expuestas en las plazas de los pueblos. Los reporteros entrevistan a los que buscan a los suyos entre las, ahora, 100 personas muertas. Entre répicla y réplica escribo a casa y posteo. Duermo unas horas y cuando despierto ya van 250 personas muertas. Compruebo que mis padres saben que estoy bien, duermo otro par de horas y cuando despierto ya van 350 personas muertas. Siento que está llegando a ese punto en el que dejan de ser personas y empiezan a ser números. 85.000 damnificados. 85.000 personas sin casa, sin luz, sin agua corriente (ni hablar de la potable), sin comida, sin ropa. Llegan los saqueos. Y llega también la solidaridad internacional. Qué cínica me he vuelto y que poco confío en el cuento de la solidaridad internacional. Solidaridad del Banco Mundial? En fin.
Va pasando el día 16 y deja paso al 17, en el que, exactamente 28 horas después de lo esperado, llegamos al Santiago austral. Ironías de la vida, en cuanto pisamos Chile nos sentimos fuera de peligro sísmico y mucho mejor del estómago.
5 Comments:
...y sin embargo, la crónica es muy buena, a pesar de que viviste parte de la jornada anclada a Roca. Te ha quedado muy muy bien y por suerte pudiste vivir para contarla. Un abrazo muy gordo y espero esa batallita anclados a un bar madrileño.
tremendo. me alegro mucho de que nos lo puedas contar :). besinos
Un periodista siempre debe contar lo que ve, y eso es exactamente lo que has hecho.
Por cierto, leí algo sobre el miedo peruano a un volcán que un día de estos estallará, creo que lo escribiste tú. Supongo que el temblorcillo mezclado con ese miedo pudo haber provocado una diarrea colectiva...
Abrasos
Os lo habeis leído enterito? En serio? Joer, gracias, pero no creais que eso va a libraros de la batallita anclados a la barra de algún bar, jeje.
Y no recuerdo la historia del volcán peruano, agropensador, pero sí estoy casi segura de que la diarrea fue una adaptación exagerada de nuestros cuerpos al refranero español.
Biquiños invernales a los tres.
Cómo te ibas a ir de Chile sin haber vivido un terremoto en condiciones (aunque haya sido en Perú)??? Ya puedes apurarte porque no sé si te va a dar tiempo al tsunami y al volcán en erupción.
Me alegro de que haya quedado sólo en un susto, una crónica y una diarrea.
Besines
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